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Se acerca el final de las diferentes competiciones de carácter anual que inundan nuestro país. Los equipos empiezan a sentir la presión con toda su crudeza en función de si sus objetivos están cerca o lejos. Conforme se vayan desarrollando los acontecimientos empezaremos a escuchar, si no me equivoco, una serie de excusas, justificaciones y demás argucias para justificar un mal resultado. Nada nuevo bajo el sol.

Ya hablé de este tópico hace unas semanas, pero este ejemplo que ha llegado a mis manos es tan significativo, que no quería pasar la oportunidad de compartirlo. Este es un ejemplo real, impactante, que ilustra de verdad lo que significa SER RESPONSABLE DE TUS ACTOS, DE TU VIDA. Y es este tipo de mentalidad la que lleva a los grandes deportistas a ser quienes son: números uno.

Nadia Comaneci es conocida por ser la primera mujer de la historia de la gimnasia en conseguir un 10. Aconteció durante los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Y no tan sólo logró la hazaña en una ocasión…¡lo hizo seis veces más! Cuando se le pregunta sobre este hecho, la rumana siempre contesta: “I though the judges were too nice to me”. Y apoya su argumento diciendo que la primera vez le dieron el 10 porque su competidora anterior había recibido un 9.95 y su ejercicio estaba tan por encima que no les quedó más remedio a los jueces que puntuarlo de esa manera.

Nadia de repente se convirtió en una estrella. Y la presión sobre ella fue brutal. En Moscú 1980 debía defender su reinado en casa de su peor enemigo: la URSS. De todos es conocida la situación de la ex-república soviética y su relación con los países satélite del eje comunista. La gimnasta de dieciocho años llegaba a la competición en un estado de exigencia total. La tensión se respiraba en el aire. La competencia era feroz y un fallo podía ser definitivo.

Y así fue. En su primer ejercicio, un fallo la llevó al suelo. Sus opciones de victoria se vieron seriamente amenazadas. Aún así, se recuperó mentalmente y encadenó actuaciones brillantes en los diferentes aparatos hasta llegar al último elemento con posibilidades de oro. Necesitaba “sólo un 9.90” en barra para ser campeona olímpica de nuevo. Como no podía ser de otra manera, el ejercicio fue sublime. No de 10 pero claramente superior a 9.90. Los jueces tardaron 28 minutos en decidir la puntuación. Todo era un caos. Al final le dieron un 9.85. ¡Había caído la gran estrella! La rusa Davidova se alzó con el oro, relegándola a la tercera posición. Desde todos los rincones del mundo se oyeron voces clamando conspiración, robo y otras lindezas. Objetivamente, poca gente podrá dudar de esta injusticia. Pero los grandes deportistas son grandes por algo. A su habilidad de hacer cálculos mentales en el aire para corregir su cuerpo antes de tocar el suelo y su fortaleza mental, se le une aquí una virtud que representa uno de sus secretos mejor guardados. Cuando se le pregunta sobre ese día, Nadia siempre contesta lo mismo: “¿conspiración? LO QUE SÉ ES QUE ABRÍ LA PUERTA PORQUE COMETÍ UN ERROR. SI NO LO HUBIERA COMETIDO, NO HABRÍA HABIDO FORMA DE QUE ME TOCARAN. PERO COMETÍ UN ERROR.

¡Qué gran lección! Sin excusas. Responsable de sus actos.

Reflexionemos sobre esto y pensémoslo dos veces antes de culpar a los demás de nuestros actos. Y recuerda, ¡si rozas la perfección serás intocable!

Nadia dixit.

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